
COLUMNA
Por Jorge Villacaña
Hoy me tuve que dormir de nuevo hasta las tres de la mañana. No fue un ruido ni un pendiente de trabajo lo que me mantuvo despierto; fue esa inquietud que muchos padres conocemos cuando nuestros hijos salen por la noche. Uno sabe que son jóvenes, que tienen derecho a divertirse y disfrutar de esta etapa de su vida, como nosotros lo hicimos a su edad, pero cuesta conciliar el sueño hasta recibir ese mensaje que finalmente nos devuelve la tranquilidad: “Ya llegué”.
Mientras esperaba, pensé en cuánto ha cambiado nuestra manera de vivir la ciudad y recordé el Oaxaca en el que crecí. En El Exmarquesado, viví una época en la que, después de cumplir con las obligaciones de la casa, salíamos a buscar a los amigos y la calle se convertía en nuestro espacio de convivencia. El chiquis, el conejo, el memín, el oso, jugábamos al bote pateado, a las canicas y a aquellas inolvidables retas de fútbol en el atrio. No necesitábamos mucho, una pelota, los amigos y toda una tarde por delante.
Por ahí pasaban nuestros vecinos. Los saludábamos porque nos conocíamos y ellos sabían perfectamente quiénes éramos y de qué familia veníamos. Algunos nos echaban porras; otros simplemente sonreían al vernos jugar, quizá recordando cuando ellos también fueron niños. Íbamos felices a la doctrina y después regresábamos a nuestras casas.
Mi mamá podía preocuparse por alguna travesura que nos hiciera llegar tarde, sucios o con las rodillas raspadas, pero era una preocupación muy distinta a la que hoy sentimos muchos padres cuando nuestros hijos están fuera de casa.
No pretendo decir que antes todo era perfecto. También había problemas, pero existía una relación distinta con nuestro entorno. El vecino cuidaba al hijo del vecino, conocíamos al señor de la tienda, saludábamos a los adultos mayores y aprendíamos desde pequeños, reglas de convivencia que nadie necesitaba escribir porque formaban parte de nuestra educación. Había barrio, había respeto y, sobre todo, había comunidad.
Quienes crecimos así sabemos que un barrio es mucho más que sus calles y sus casas. Son las personas que te vieron crecer, los amigos que terminaron convirtiéndose casi en hermanos, la banqueta donde aprendiste a platicar, el atrio donde jugaste y el saludo que nunca debía faltar. Con los años uno puede recorrer muchos lugares y asumir distintas responsabilidades, pero hay cosas que permanecen. Uno puede salir del barrio, pero el barrio nunca sale de uno.
Soy oaxaqueño, crecí aquí y aprendí a querer esta ciudad. Por eso me preocupa escuchar cada vez con mayor frecuencia historias que empiezan a parecernos normales, madres que piden a sus hijos que compartan su ubicación, padres que permanecen despiertos esperando escuchar la puerta, mujeres que modifican sus recorridos, jóvenes que evitan determinadas calles, comerciantes que trabajan con temor y familias que prefieren abandonar los espacios públicos cuando comienza a oscurecer.
El mayor riesgo es acostumbrarnos. Podemos terminar aceptando que vivir con miedo forma parte inevitable de vivir en una ciudad, cuando no debería ser así. Las estadísticas sobre seguridad importan, por supuesto, pero existe otro indicador que difícilmente cabe en una gráfica, la tranquilidad. Una ciudad segura también se mide por la libertad con la que una mujer camina por sus calles, por el adulto mayor que disfruta una tarde en el parque, por el comerciante que trabaja sin miedo y por los padres que pueden dormir tranquilos mientras sus hijos salen a divertirse.
Recuperar esa tranquilidad exige policías capacitados, equipados, bien pagados y respaldados para cumplir con su responsabilidad. La seguridad empieza también por dignificar a quienes nos cuidan, pero no termina ahí. Necesitamos iluminación, calles transitables, parques vivos, espacios deportivos, colonias atendidas y autoridades que conozcan lo que sucede en cada zona y actúen antes de que los problemas se vuelvan cotidianos.
También necesitamos recuperar algo que durante generaciones fue una fortaleza de Oaxaca, la comunidad. El respeto a nuestros mayores, la solidaridad entre vecinos, el cuidado de los espacios comunes y aquella costumbre tan nuestra de saludarnos y reconocernos. La autoridad tiene la obligación irrenunciable de garantizar nuestra seguridad, pero nosotros podemos contribuir reconstruyendo ese sentido de pertenencia que hacía que cuidar nuestra calle y nuestro barrio fuera también cuidar a los demás.
No quiero regresar al pasado ni creo que todo tiempo anterior haya sido mejor. Nuestros hijos viven otro mundo y tienen oportunidades que nosotros no tuvimos. Lo que sí quisiera recuperar para ellos es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más valioso: la libertad de disfrutar su ciudad sin miedo. Quiero parques llenos de familias, niños jugando, adultos mayores ocupando nuevamente las bancas y jóvenes disfrutando Oaxaca sin que sus padres permanezcan despiertos esperando saber que regresaron bien.
Finalmente llegó el mensaje: “Ya llegué, papá”. Respiré tranquilo y pude al fin, conciliar el sueño. Sin embargo, me quedó dando vueltas una idea, que nuestros hijos regresen sanos y salvos a casa no debería hacernos sentir que tuvimos suerte. Debería ser lo normal.
Ese es el Oaxaca que quiero para nuestros hijos. Una ciudad donde puedan construir sus propios recuerdos, como nosotros construimos los nuestros, y donde dentro de muchos años puedan mirar hacia atrás y recordar que fueron jóvenes, que disfrutaron sus calles, sus parques y sus barrios, y que pudieron hacerlo sin miedo.
Ese es el Oaxaca que todavía podemos recuperar.
Ese es el Oaxaca que merecemos.
